martes, 25 de diciembre de 2012

Ni el mar, amor.


Yo seguía escuchando el mar
en una ciudad ajena
a cualquier playa,
demasiado lejos de cada ola.

Escuchaba un mar embravecido
insistente en hacerme recordar un noséqué,

un mar como el nuestro,

el que encontraba en la terraza
que me vio crecer con barandilla de hierro
que se me antojaba cárcel
antes de ver cualquier bandera.

Escuchaba ese mar
que se asomó a tu ventana
aquella mañana de -puede que- verano
cuándo nos tuvimos por primera vez
en tu cama de dos metros
que se me antojaron
dos abismos
cuando te separaste de mis labios
y te vi olvidarme así,
tan fácil y rápidamente.

Escuchaba el mar
que te vio tocarme debajo del bikini
mientras el frío
se nos iba del cuerpo en cada ola
y te notaba crecer
por debajo de mis miedos
y la cintura.

Y aún hoy escucho el mar, amor,
y me tiemblan las piernas pensándote
más lejano, incluso, que yo
de esas aguas que nos deben tanto,

y te busco derramandote sobre otras
que no saben de ti
ni la mitad que mi saliva,

y vuelvo a llorarte ríos, amor,
ríos enteros de flujo y semen
que ya nunca
se unen
para hacernos gemir al unísono, amor,

ay, amor. No me dejaste quererte así,
ni el mar, amor,
ni el mar me dejaste.

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