viernes, 19 de septiembre de 2014

Estábamos tan locos, que nos lo creímos de verdad.

Ahora te echo de menos
como quién extraña al miembro que tuvieron que amputarle en la última guerra mundial

En el último capítulo de House que vi, mediante un espejo
conseguía hacer que a un mutilado dejase de dolerle la mano que le faltaba
después de treintaynosécuántos años.

Ojalá alguien inventase algo parecido para el corazón.

Un simple ejercicio psicológico, que con apretar fuertemente mi mano izquierda
hayas desaparecido de la derecha.

Y viceversa.

Como un truco de magia en el que el mago no supo hacerte volver.

Si me quedo callada, al menos, dos segundos,
soy capaz de oírte caminando por mis venas.

Aporreando los barrotes de mi piel con una barra metálica.

(Supongo que a eso sabe mi sangre
cuando me lamo una herida que no sé cuándo me he hecho.)

Si aguanto la respiración durante un minuto completo
voy notando como te apoderas de mis pulmones
y los llenas de humo

y me paso el día tosiendo.

También sé que cuando me despierto de una pesadilla
te paseas por mis pupilas
para asegurarte de que estoy despierta.    El otro día casi pude jurar
que te sentí colgado de mis pendientes
susurrándome al oído alguna tontería de las tuyas, que ya ni entiendo.

El otro día Javi estuvo hablándome de muchas cosas, pero me dejó muy grabado lo de que cada vez iría haciendo poemas más cortos.

Esto no es un poema. Tampoco es cada vez más corto. Y Javi sigue teniendo razón.


Pero llevo casi 20 minutos con las piernas cruzadas, y no sé si siento hormigas en las plantas marchitas de mis pies
o unas ganas terribles de que hoy te pasees,
como cualquier otro día,
por mi ropa interior.


La última vez que soñé contigo estabas rompiendo folios en blanco.

Ahora dudo si lo hacías por rencor,
o porque siguen doliéndome las manos de tanto intentar cortármelas.