martes, 14 de enero de 2014

Tantas cosas.


La última vez que me senté a hacer algo así,
no me sentí. Y ni me acuerdo.

A veces no entiendo por qué hago lo que digo
y no digo lo que hago. Ni por qué estás tan lejos.

Por qué llevo meses sin un puto abrazo.

Mirándome sola
donde antes nos veía felices.

Hace tiempo que no veo mis pelis favoritas
por vigésimo tercera vez. Ni voy a buscar a nadie.

Hace tiempo que si vuelvo a casa, no estoy en casa.
Que si me quedo, no me reconozco.

Que no me voy.

Hace mucho tiempo ya que no te llamo,
ni te brindo una copa, ni sonrío cuando me devuelves la sonrisa.

Porque ya es hora de quedarmela un poco para mí. ¿Me crees?

Llevo tanto despidiéndome de todo
que dar la bienvenida
es sólo el principio de otro viaje.

Correr siempre es huir.
La diferencia es la dirección.

Tengo frío. Como si fuera verano
a tu sombra.

Como si llevase toda la vida
sin vivir la mía.

Soy un ovillo de nada; para no ahogarme, lo reconozco,
prefiero la cuerda en la garganta.

Por dentro.

Y tirar de ella hasta quedarme vacía. Ahora que no lo estoy.

Ahora que el mar
lo llevo conmigo. Adherido a estas paredes
manchadas de sangre.

La sal no deja que crezca ni una flor aquí. Qué dulce.

Los barcos naufragan en mis costillas
porque no encuentran tu luz
en el fondo del túnel. Porque ahora cada vez que abres la mano
es para masticar cristales.

Porque me quedo rota en la cama
y sé que te has ido. Aunque prometas mil veces
que nunca.
Qué siempre.

Llevo tantísimo tiempo contándolo.
Recogiendo lágrimas que ni se ven,
en manos ásperas. En corazones cansados.

Tengo tantas ganas
de enseñarte qué soy. Y tanto miedo.

Y tan poca luz. Y esta herida de náufrago,
de isla perdida
que no quiere que la encuentren.

Yo qué sé, ya sólo concibo el amor a carcajadas,
como la tristeza, la ira, la apatía...