miércoles, 10 de julio de 2013

Hasta mis auriculares sienten pena del lío que me he hecho.

                                                       "Solitario y llorón, me masturbo todas las noches." La cabra mecánica.

Tengo el alma como el grifo de la cocina:
goteando.

Las pisadas no me dejan huella.    Vuelvo.
A una casa que no conozco.

A la playa que te tiene
y yo no.

Después del miedo, ¿qué va a venir?

Además de la ducha en que lo lloras todo,
hasta la sangre
que se confunde de vena
y termina por el desagüe con una danza hipnótica.

Quítame el humo de los huesos, amor.

¿Alguna vez has andado por un lugar muy transitado de noche y has visto cómo se queda tan desolado al llegar los primeros rayos de luz que dan ganas de dejar de respirar?

La solidaridad de dos corazones que se rompen
a la vez
cuando uno ya no reconoce al otro.

No hablo de mí, no te preocupes.
Hace tiempo que ni yo me habito.

Escribo sobre lo escrito por si te borras.

Dime qué quieres, y me desharé por ti.      Lo peor del amor
cuando termina
es cuando no te das ni cuenta.

Ni notas los cambios.

Lo peor de que se acabe
es que ni siquiera te importe.

¿A qué viene toda esta apatía emocional, cariño?

Empieza a cansarme el desgaste.  No es la nada, ya ves,
no estoy tan mal sin echarte de menos.

Y es que si no volviste a mirarme,
¿cómo querías que acertara
cuando disparaba a las comisuras de tu entrepierna?

Tampoco importa,
nunca tuve buena puntería.     Y tú no estás.

Sigo haciéndome preguntas estúpidas
que nadie responde,
por ejemplo
¿Por qué existe un verbo para las mentiras
pero hay que decir la verdad de una en una
porque no actúan?

Como la realidad,
que tampoco. Los sueños
se dejan hacer
pero ¿lo que es real
cómo se demuestra?

Hace calor.

Sigo hablando de ti,
con la camiseta negra que me regalaste
y en bragas por la casa.

¿Qué habré hecho yo para no merecer esto?
Encontrarte por las esquinas escondido
preparado para asaltarme con cosquillas y besos.

Ojalá una orden de alejamiento a los sentimientos en días de resaca, joder.

Aquí vivo, y así. Con la duda.

Y si nunca te hubieras ido.

No sé si quiero preguntarlo ya.

Ahora
cuando te vea y no te bese,
y nos callemos
porque ya caímos demasiado.

Ahora que te miro y no me veo.

Tú no me conoces,
¿cómo voy a pedirte que te acuerdes de mí?

Tengo tus pies deshaciéndome,
el camino.

Anoche escribí: tus allstar no me dejan ser.
De restos
no puedo vivir.

¿Cómo llora una isla desierta? ¿Es como lo del árbol que cae en mitad del bosque y nadie lo escucha?
En cualquier caso, me parece bien.

Soy incapaz de contar la cantidad de olas al día en que no me encuentro.
Por si acaso, últimamente, sólo me busco en cementerios.

Mi cuerpo ha dejado de insistir en salvarme
cada vez que me suicido.

Tengo idealizado al destino
por la parte que te toca.

La seguridad nunca me ha acompañado mucho
pero hoy se me ha colgado del pecho,
concretamente
del sujetador de encaje que tanto te gustaba.

Podríamos follar otra penúltima vez
si no vienes a romperme.

Me haces sentir, vida
pero ¿dónde estaba yo antes de todo esto?

¿es posible el amor entre un pájaro ciego
y un árbol caído?
Sé que sí,
aunque cuando intento pensarte
acaricio mis costillas en busca de tu nombre
y ya ni hundiendo el puño entero te noto aquí.

Nadie sabrá nunca lo que fuimos,
y en todos tus libros hablaré de nosotros.
Beberé las primaveras que habrán anidado en tu pelo los años en que no te visité,
me olvidaré de los cerezos
para quedarme sólo en tu sonrisa.

Seguiré cuidando de la isla
aunque viva en un desierto inmenso, como tu abrazo.

Volveré a escribir en el terreno árido
del corazón un cartel de
'prohibido el paso'
con la saliva de otros vientos que me arrasen.

Ya sabes,
las brisas nunca vienen solas.

En mis puertas pintaré ventanas
abiertas
por si acaso también.

Cambiaré de estado de ánimo
un millón de veces
en lo que dura un poema.

Me perderé de vista
ahora que sé que el verano sólo existe en el cielo de tu boca.

Sújetame el pelo, cariño,
que voy a emigrar sin maletas
mientras dure este invierno.